EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE SOLEDAD

En mis planes estaba que Chico Buarque iba a inaugurar esta "sección" dedicada a los escritores y escritoras imprescindibles, dentro de unos días, y el post para esta semana trataba de un asunto totalmente distinto. Pero la Muerte, esta señorita caprichosa a quien le da igual nuestros planes y deseos, quiso que un viejo amigo suyo la estrenara.



Los escritores imprescindibles son grandes profesores de idiomas. A través de su magia, son capaces de despertar nuestro amor por las palabras, por sus significados más ocultos, sus matices y sus silencios, por las maravillosas tramas que resultan de su amontonado, aguzando nuestro interés por adentrarnos en ellas en versión original. 

La obra de García Márquez es completamente visceral como el continente que representa. Calificada como Realismo Mágico por traer situaciones que "desafían las leyes de la física", en realidad no es nada más que un reflejo de las irreales condiciones de vida que enfrentan a diario la gran mayoría de la población latinoamericana, pero que aún así consigue sonreír y soñar. Mucho más surreal que una persona subirse repentinamente al cielo (como le pasa a un personaje de Cien Años de Soledad) son los millares de muertes por hambre en un mundo donde se tira la comida cada día. Por otro lado, él vio con precisión clínica que, de verdad, lo que mata mucho más que el cólera, la rabia, la lepra o la soledad es el Amor. Y así, el único antónimo de Muerte es Amor. 

Mi libro preferido es DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS (1994), (título que bien ilustra lo comentado antes) y os dejo algunos fragmentos. ¿Cuál es el vuestro? Si no conocéis mucho sobre su obra, buscad en este exacto momento un libro suyo y empezad ahora mismo a leerlo. Vais a quedar sin respiración a cada frase.

Gabriel José de la Concordia García Márquez. Gracias por dejarnos un enorme y eterno Tesoro de Palabras. 

"No obstante, esa tarde buscó a Sierva María en los patios del servicio. Estaba ayudando a desollar conejos, con la cara pintada de negro, descalza y con el turbante colorado de las esclavas. Le preguntó si era verdad que la había mordido un perro, y ella le contestó que no sin la menor duda. Pero Bernarda se lo confirmó esa noche. El marqués, confundido, preguntó:
"¿Por qué Sierva lo niega?"
"Porque no hay modo de que diga una verdad ni por yerro", dijo Bernarda.
"Entonces hay que proceder", dijo el marqués, "porque el perro tenía el mal de rabia."
"Al contrario", dijo Bernarda, "más bien, el perro debió morir por morder a ella. Eso fue por diciembre y la muy descarada está como una flor".
(...)
Sierva María estaba encantada con las artimañas de Abrenuncio, hasta que éste le puso la oreja en el pecho para auscultarla. El corazón le daba tumbos azorados, y la piel soltó un rocío lívido y glacial con un recóndito olor de cebollas. Al terminar, el médico le dio una palmadita cariñosa en la mejilla.
"Eres muy valiente", le dijo.
 Ya a solas con el marqués, le comentó que la niña sabía que el perro tenía mal de rabia. El marqués no entendió.
"Le ha dicho muchos embustes", dijo, "pero ese no".
"No fue ella, señor", dijo el médico.
"Me lo dijo su corazón: era como una ranita enjaulada."
El marqués se demoró en el recuento de otras mentiras sorprendentes de la hija, no con disgusto sino con un cierto orgullo de padre. "Quizás vaya a ser poeta", dijo. Abrenuncio no admitió que la mentira fuera una condición de las artes.
"Cuanto más transparente es la escritura más se ve la poesía", dijo.
Lo único que no pudo interpretar fue el olor de cebollas en el sudor de la niña. Como no sabía de ninguna relación entre cualquier olor y el mal de rabia, lo descartó como síntoma de nada. Caridad del Cobre le reveló más tarde al marqués que Sierva María se había entregado en secreto a las ciencias de los esclavos, que la hacían masticar emplasto de manajú y la encerraban desnuda en la bodega de cebollas para desvirtuar el malefício del perro.
(...)
Insistió una vez más que el pronóstico no era alarmante. La herida estaba lejos del área de mayor riesgo y nadie recordaba que hubiera sangrado. Lo más probable era que Sierva María no contrajera la rabia.
"¿Y mientras tanto?", preguntó el marqués.
"Mientras tanto", dijo Abrenuncio, "tóquenle música, llenen la casa de flores, hagan cantar los pájaros, llévenla a ver los atardeceres en el mar, dénle todo lo que pueda hacerla feliz." Se despidió con un voleo del sombrero en el aire y la sentencia latina de rigor. Pero esta vez la tradujo en honor del marqués: "no hay medicina que cúrelo que no cura la felicidad."